sábado, 25 de julio de 2015

Carlos VI de Francia, otro rey loco

Carlos VI de Francia, también conocido como Carlos el Loco.
Sobre reyes y reinas algo faltos de cordura ya he escrito varias veces. El primero en inaugurar esta sección fue Jacobo I de Inglaterra y sus favoritos, un rey excéntrico que tenía una visión muy elevada de sí mismo, sobre todo intelectualmente. Luego le tocó el turno a Luisa Isabel de Orleans, otra excéntrica que pasó a la historia por protagonizar escenas de lo más vergonzosas. De hecho, la nieta de Luis XIV de Francia llegó a tales extremos que su marido, Luis I, se planteó seriamente encerrarla de por vida (ya puede uno imaginarse el choteo que había en la corte). 

El caso de Carlos VI de Francia es de lo más particular, ya que padecía un desorden psiquiátrico llamado Ilusión de Cristal. Que se sepa, Carlos VI fue una de las primeras personas ilustres que lo padeció. Él creía que estaba hecho de cristal y que cualquier mínimo roce podía ser mortal (de eso se trata la enfermedad), así que su vida transcurrió en una escala progresiva de locura y temor. 

Su paranoia le llevaba a envolverse en sábanas y a quedarse inmóvil en su habitación durante largas horas con el temor de romperse si movía algún músculo. Con el paso del tiempo su locura se fue agudizando. Se mostraba furioso con todos los que le rodeaban y descuidaba su higiene personal hasta el punto de que sus criados debían cortar la ropa para vestirle de nuevo.

Como era de esperar, su tío, Felipe II, tuvo que asumir la regencia y expulsó a todos los consejeros de Carlos. En aquel momento no lo sabían, pero ese fue el comienzo de una enconada disputa que enfrentaría a los reyes de Francia y a los duques de Borgoña durante casi un siglo.

Pese a haber librado a Carlos VI de las responsabilidades que conlleva la corona, su estado mental no paró de deteriorarse con el paso de los años. Durante un ataque que sufrió en 1393, Carlos olvidó de pronto que era rey y que tenía una esposa. Huyó de ella en cuanto la vio y no reconocía a sus propios hijos, pero sí al resto de su familia y a varios concejales. En ataques posteriores se le vio vagando por el palacio aullando como un lobo y en otro anterior llegó a matar a uno de sus hombres llamándole traidor. Sin duda alguna, debió de ser la comidilla de la corte hasta el final de sus días.

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