miércoles, 8 de octubre de 2014

La carta que dejó en ridículo al Sultán Mehmed IV

Cuadro de llya Repin (1880-1881) donde se representa a los cosacos redactando la carta para el Sultán Otomano
Los cosacos zapórogos, pobladores del sur de la actual Ucrania, fueron un pueblo guerrero con un gran sentido del honor que amaba la libertad por sobre todas las cosas. No se andaban con chiquitas ni se dejaban amedrentar con facilidad, y es por eso que lograron mantener su independencia a base de inestables alianzas unos con otros. Su cabezonería, unido al hecho de que eran expertos jinetes, maestros con el sable y habilidosos con los mosquetes, llevaron al pueblo zapórogo a resistir las incansables embestidas del imperio Ruso, el Otomano y la Mancomunidad de Polonia y Lituania. Una auténtica proeza si tenemos en cuenta el "aparente" desorden del que hacían gala.

Lejos de ser derrotados, los cosacos lograron vencer al sultán Mehmed IV en varias ocasiones. Ante tal situación, el propio sultán llegó a una conclusión que muchos podríamos calificar de lógica y sensata: solucionar el conflicto diplomáticamente. El problema se encuentra en que la concepción que tenía Mehmed IV sobre la diplomacia no era muy ortodoxa que digamos, sobre todo si tenemos en cuenta la carta ampulosa y pedante que les mandó exigiendo, a pesar de sus numerosas derrotas, la rendición incondicional. Así, con dos cojones.

Carta del sultán dándoles el ultimátum:

"Como Sultán, hijo de Mahoma; hermano del sol y de la luna; nieto y virrey de Dios, gobernante de los reinos de Macedonia, Babilonia, Jerusalén, Alto y Bajo Egipto, emperador de emperadores, soberano de soberanos, extraordinario caballero, nunca derrotado; firme guardián de la tumba de Jesucristo, delegado del poder divino, esperanza y confort de los musulmanes, cofundador y gran defensor de los cristianos,... Les ordeno, cosacos zapórogos, a someterse a mí voluntariamente sin resistencia alguna, y cesar de molestarme con vuestros ataques." 

—Sultán de Turquía Mehmed IV 

Cuando el trémulo mensajero les entregó la carta, una hilarante risotada se alzó clamorosa entre los cosacos zapórogos. Pronto, sin hacer esperar al pobre mensajero, redactaron una respuesta mofándose de todos sus títulos y virtudes. El mensaje, insultante y vejatorio, debió ocasionarle una rabieta monumental al susodicho sultán, que acostumbraba a que todo el mundo se arrodillara ante su presencia o temblara al oír su nombre. Sin duda, fue una lección que jamás olvidó.  

La respuesta de los cosacos:

¡Cosacos zapórogos al sultán turco!

"Oh sultán, demonio turco, hermano maldito del demonio, amigo y secretario del mismo Lucifer. ¿Qué clase de caballero del demonio eres que no puedes matar un erizo con tu culo desnudo?. El demonio caga, y tu ejército lo come. Jamás podrás, hijo de perra, hacer presa a hijos cristianos; no tememos a tu ejército, te combatiremos por tierra y por mar, púdrete. 

¡Despojo babilónico, loco macedónico, copero de Jerusalén, follador de cabras de Alejandría, porquero del alto y bajo Egipto, cerdo armenio, ladrón de Podolia,catamita tártaro, verdugo de Kamyanets, tonto de todo el mundo y el submundo, idiota ante nuestro Dios, nieto de la serpiente y calambre en nuestros penes. Morro de cerdo, culo de yegua, perro de matadero, rostro del anticristianismo, folla a tu propia madre! 

¡Por esto los zapórogos declaran, basura de bajo fondo, que nunca podrás apacentar ni a los cerdos de cristianos. Concluímos, como no sabemos la fecha ni poseemos calendario; la luna está en el cielo, es el año del Señor, el mismo día es aquí que allá, así que bésanos el culo!" 

Koshovyi Otamán, Ivan Sirko, y todos los zapórogos

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