domingo, 24 de agosto de 2014

El verdadero origen de los "vampiros"

Detrás de todo mito, leyenda o fábula siempre hay algo de verdad; un resquicio de luz capaz de ofrecer una visión más fidedigna de las cosas. Al igual que en la literatura, cuando decidimos dar rienda suelta a la imaginación nuestro cerebro recoge automáticamente ideas de aquí y de allá, se basa  en lo que ya conocemos y hace una extraña mezcla del conjunto como resultado. Sin necesidad de hilar demasiado fino, el mismo Tolkien se basó en su ciudad natal para crear "Hobbiton", el hogar de los hobbits, y el caso del mito vampírico no es una excepción. Al fin y al cabo, todas las historias conocidas y por conocer se sustentan sobre cierta dosis de realidad.

El vampiro es, hoy por hoy, el personaje más prostituido tanto en el mundo de la literatura como en el cine. Ha pasado de ser algo de aspecto repugnante, terrorífico y peligroso a un mero objeto sexual con buena conciencia incluida (sí, me estoy refiriendo al bodrio infumable de crepúsculo). Sin duda, la fatídica "evolución" que han sufrido estas conocidas criaturas le quitarían el sueño y el hambre a cualquiera, pero no es de esto de lo que quería hablar, sino del modo en que surgió su mito hace ya cientos de años.

Si hablamos de su origen real yo nombraría tan solo a dos enfermedades: la rabia y la porfiria. Con la rabia, una enfermedad fatal de la que solo hay documentados 6 supervivientes, obtenemos un punto en común con los famosos vampiros, y es que ésta se transmite por mordedura y posee, al igual que los vampiros, un periodo de incubación o transformación. Sus consecuencias van desde puras alucinaciones hasta accesos violentos, pesadillas, insomnios e incluso emisión de rugidos. Tuvo una especial proliferación durante los siglos XVI y XVII y apareció también en Hungría con gran saña a principios del siglo XVIII. Curiosamente, la mayor parte de los casos de vampirismo que los religiosos apuntaban vienen precisamente de estas fechas turbulentas. 

La porfiria, sin embargo, es la enfermedad que más semejanza guarda con los vampiros llegando a coincidir exactamente con ciertas intolerancias que el propio afectado debe evitar sufrir por su propio bien. Estamos hablando de fotosensibilidad extrema, retracción de los labios (mostrando los dientes caninos como consecuencia), alergia al ajo, palidez cutánea, destrucción de la nariz, orejas deformes y color rojizo de la piel. Por si fuera poco, también sufren anemia, lo que hacía que en la antigüedad bebieran sangre porque se tenía la creencia de que así podrían curarse. Si a esto le sumamos que, hace ya años, la familia de esta pobre gente los escondían en lugares apartados como cementerios ya nos hacemos una mejor idea del modo que se originó el mito. ¿Os imagináis, con la mentalidad de entonces, pasar por un cementerio en plena noche y toparos con alguien afectado de porfiria? 

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