domingo, 20 de abril de 2014

Vlad el Empalador



Hay personajes en la historia que realmente parecen sacados de un libro de terror. Individuos cuyo egocentrismo, sentido dudoso de la justicia y narcisismo pondrían los pelos de punta hasta el más avezado y cruel psicópata. Al fin y al cabo, la imaginación no sólo es capaz de albergar sueños maravillosos, sino que también lo es de crear horror, muerte y destrucción. Si algo caracteriza al ser humano es que somos la única especie sobre la faz de la tierra que puede matar por el simple y llano placer de hacerlo, pero si a eso le sumamos las creativas y macabras maneras que nos hemos llegado a inventar para alargar la agonía del condenado nos topamos con que, en muchas ocasiones, el infierno tan temido de muchos creyentes fue la propia vida terrena que les tocó soportar.

Vlad Tepes se hizo famoso por sus peculiares ajusticiamientos y su carácter peligrosamente inestable. Era de decisiones extremistas, un hombre seguro de su entendimiento sobre el bien y el mal y cuya lógica, forjada por la experiencia y los giros de los acontecimientos, le dictaba que todo cruel destino para el enemigo estaba más que justificado. A los trece años, por decisión de su padre, fue entregado junto con su hermano como muestra de sumisión al sultán turco en 1.444. Era una práctica bastante común para la época y la mejor manera de asegurar la paz en la mayoría de las ocasiones. A los ojos actuales suena deplorable e insultante, pero en la difícil edad media las estrategias políticas de esta índole resultaban cruciales si se quería conservar la cabeza y asegurar una vida duradera para la familia. Las traiciones, ambiciones de poder y la impunidad con que se entretejían oscuras estratagemas daban verdadero pavor, razón por la cual hacerse amigo de los "grandes" era sinónimo de seguridad. Una seguridad que solía costar cara.
Vlad Tepes desayunando delante de unos empalados,
típica escena que se popularizó por su crueldad

Su vida como rehén se alargó hasta los 17 años, momento en el que se encontró con una dura realidad que le marcaría para siempre: su padre y su hermano habían sido brutalmente asesinados por orden del conde Juan Hunyadi y gracias a la ayuda de los boyardos, cuyo apoyo fue crucial para que la ejecución pudiera llevarse a cabo. Desde entonces, Vlad les tuvo un odio eterno y juró vengarse costase lo que le costase. Ese rencor consiguió que se coronara como rey de Valaquia un año después mediante el apoyo de los turcos, pero los húngaros lo expulsaron al poco tiempo por orden de Hunyadi. Un hombre que lamentaría más tarde creer que Vlad había abandonado el sueño de reinar cuando, tras vagar durante ocho años buscando a gente que lo ayudase en su épica empresa, se fue a la corte del propio Juan y lo impresionó con sus amplios conocimientos sobre los turcos y su eterno odio hacia el sultán Mehmed II. Éste, extasiado ante tanto saber, le perdonó y lo tomó como consejero. 

Años más tarde, en 1456 para ser exactos, consiguió detentar nuevamente el título de "príncipe de Valaquia" aliándose oportunamente con los turcos. En la primera etapa de reinado su obsesión se redujo a eliminar toda amenaza interna que pusiera en duda su poder. Los boyardos siempre fueron el objetivo primordial por haber participado en la muerte de su padre y su hermano. Poco a poco, redujo el poder y el rol económico que detentaban en el reino condenándolos a la ruina y a morir ejecutados si no sabían jugar bien las cartas. En cualquier caso, su suerte ya estaba echada puesto que más tarde morirían en masa por empalamiento en la pascua de 1459. La venganza tan ansiada había sido al fin satisfecha.

A partir de aquí sucederían un sin fin de alianzas y traiciones que sólo respondían a las necesidades inmediatas de Tepes. Le daba igual hacer luchar a católicos con ortodoxos o a musulmanes de un país contra musulmanes del otro, así como aliarse con los húngaros contra los que había luchado para detentar el poder si con ello conseguía beneficios. Al final, el embrollo fue tal que lo terminaron derrocando los propios turcos en 1462, aquellos que lo habían encumbrado al poder seis años antes. Aún así, en 1474, conseguiría de nuevo el trono gracias a la ayuda de Esteban Báthory, pariente de Erzsébet Báthory de Ecsed, la famosa "condesa sangrienta" (post sobre ella aquí).

A pesar de todo, los días del príncipe de Valaquia estaban contados, y todo por un error de su aliado Báthory, que cometió la torpeza de volver a Transilvania tras la batalla de Vaslui dejándolo, como consecuencia, en una posición vulnerable frente al enemigo. Tres días después Vlad emprendió lo que sería su último acto: atacar a los turcos. Por paradojas del destino, los boyardos se encontraban apoyando a los turcos en esa ocasión, unos boyardos que no veían el momento para vengar a los millares de los suyos que fueron brutalmente empalados por Tepes. Finalmente, la superioridad numérica y la falta de previsión hicieron que el príncipe cayera en una emboscada y fuera asesinado por un tal Basarab. Algo irónico si tenemos en cuenta que los verdugos de su familia terminaron por ser también los de él.

Sobre este personaje hay mucho más que contar. Los conocidos ajusticiamientos son un claro ejemplo de ello, pero por su notoria crueldad y extensión creo que se merecen un post a parte. La peculiar "moraleja" que puede dejar tras de sí cada caso resulta más que interesante.

El post sobre sus juicios aquí.

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