miércoles, 23 de abril de 2014

Érase una vez...la lujosa mansión de un cardenal

Algo que siempre me ha parecido chirriante es que los sucesivos papas de Roma se llenen la boca con palabras tales como humildad mientras, paradójicamente, portan caros atavíos dignos de un rey del medievo, anillos y cruces de oro y, para acabar de poner la cereza sobre el pastel, dan la charla en un mausoleo cuyo valor económico se torna casi incalculable. Los excesos, el lujo despampanante y los oscuros entresijos existentes en el país más pequeño del mundo están bien puestos al día, y un ejemplo de ello es el nuevo escándalo que acaba de surgir hace poco: la exorbitante mansión de un cardenal.

Ante el nuevo lavado de cara que el actual papa Francisco le está dando a la iglesia supongo que la noticia le habrá causado más de un ardor de estómago. Según parece, dicho cardenal ha querido jubilarse a sus 79 años mudándose a un superapartamento de casi 700 metros cuadrados. El caserón en cuestión es diez veces más grande que el lugar donde se hospeda el propio Francisco, que cuenta con 70 metros cuadrados, y se dice que lo asistirán tres monjas (prefiero guardarme mi opinión personal a este respecto). Aún así, lo que quizá resulta más chocante es que el líder religioso habló en la misa del jueves de la alegría del sacerdocio, que tiene como hermana a la "pobreza". Desde luego, que se haya dado a conocer la residencia final de este "humilde" cardenal ha debido ser un ZAS! en toda la boca de proporciones épicas. Un cardenal que dejó hace medio año la Secretaría de Estado y que fue duramente criticado por su gestión a causa del escándalo de los abusos y la sonada fuga de papeles papales.

A mí, personalmente, no me sorprende un ápice que los altos cargos del Vaticano vivan rodeados de tanto lujo puesto que lo considero ya una "marca" de la casa católica. Lo que en verdad me sorprende es que no hayan salido a la luz más casos de este tipo, porque si de algo estoy seguro es que nuestro oportunista cardenal no será el único en su especie ni por asomo. En fin...¡viva la hipocresía!.

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