jueves, 27 de marzo de 2014

¿Hitler se suicidó?

Sobre este personaje han corrido ríos de tinta desde que murió oficialmente el 30 de abril de 1945. Su megalomanía, sadismo y fanatismo son bien conocidos por todos. Su odio hacia todo lo que no fuera, según su criterio, “puramente alemán” legendario. Sólo en el holocausto murieron más de seis millones de judíos en los campos de concentración. Mujeres, niños, enfermos, discapacitados, etc. No hacía distinción alguna entre ellos. No obstante, y pese a que su muerte está bien documentada, sigue habiendo mucha gente que duda que realmente se suicidara. Lo que pretendo con este post es dejar bien claro que murió y explicar exactamente el porqué se creyó que huyó a países tan lejanos como Argentina. Aunque lo que vaya a decir no es ningún secreto y la información se puede encontrar fácilmente gracias a internet (ojo, a través de fuentes fiables), la sorpresa para quienes no hayan leído sobre este tema está asegurada.

El 16 de enero de 1945, cuando Hitler vio que su imperio de los mil años iba a irse a pique, se refugió en el búnker de la Cancillería. Él, que había llevado a las cámaras de gas a millones de personas, que había conquistado toda Europa con su don de la estrategia y el hasta hace poco invencible ejército alemán, se encontró acorralado como un simple ratón entre las cuatro paredes de un mohoso búnker. Un búnker que no lo refugiaría durante demasiado tiempo a causa del rápido avance de los rusos.  El aparente halo de invencibilidad  que lo había rodeado durante más de diez años acabó convirtiéndose en la soga que lo empujaría al suicidio, y como legado no dejaría más que horror, muerte, odio, dolor y miseria. 

Una de las principales razones de su caída podemos atribuírsela a la enfermedad que lo azotó desde, según se sabe hasta ahora, los años 1937-1938. Se trataba de parkinson, un mal que afecta al cerebro y al sistema nervioso y que te deja a la larga incapacitado hasta para comer. De hecho, en algunos de los vídeos que han sobrevivido hasta hoy se puede apreciar cómo le tiembla la mano violentamente mientras saluda a varios oficiales, así que por aquel entonces él ya debía saber que su "reinado" sería corto. Su misión era asegurar la perdurabilidad del régimen nazi, algo harto difícil cuando su política se reducía ha dejar las relaciones diplomáticas de un lado e invadir todo lo que se le pusiera en el camino. Podía ser muy bueno en la estrategia y su ejército situarse en lo alto del escalafón en cuanto a tecnología y preparación se refiere, pero enfrentarse al mundo entero bajo el pretexto de ser una "raza superior" no parece muy acertado que digamos. 

A medida que la enfermedad fue avanzando su nublada mente se tornó más estrecha de miras y sus tácticas se volvieron más torpes y precipitadas, casi como si tuviera prisa por construir la soñada Alemania antes de que el parkinson lo engullera. Adelantó sus proyectos iniciales de expansión militar en 1943, una fecha demasiado temprana y nada adecuada. El ejército alemán todavía no estaba listo para emprender tal odisea y los altos mandos los sabían muy bien, pero Hitler, cada vez más pálido, emocionalmente inestable y con unos ataques de nervios cada vez más frecuentes no era capaz de ver el error. Sus oficiales, por miedo a las represalias, tampoco insistieron en que se retractara, de modo que el principio del fin del régimen nazi comenzó ese mismo año. 

Su estancia en el bunker hizo que los síntomas de la enfermedad se agravaran notablemente. Ya no podía disimular el tembleque del brazo derecho y los ataques de histeria aumentaron. Empezó a desconfiar de todos y se volvió paranoico, tanto que incluso se pensó que las cápsulas de cianuro suministradas a través de la SS eran falsas y las hizo probar con su perra Blondi. Obviamente murió.

Pasado el 29 de abril se casó con Eva Braun en una pequeña ceremonia civil dentro del búnker. Según sostiene Antony Beevor, después de tomar un modesto desayuno con su esposa, Hitler llevó a su secretaria a la habitación contigua y le dictó su voluntad y testamento. Firmó los documentos a las cuatro de la mañana y se fue a dormir.

Al amanecer del 30 de abril, Hitler pidió reunir a todo el equipo médico para despedirse de él ante la estupefacción de los presentes. Más tarde desayunó y, hacia las 15:30 de la tarde, se despidió de sus edecanes entrando con Braun a la Sala de Mapas. Pocos minutos después se oyó un disparo.

DE SUS RESTOS Y PORQUÉ SE CREYÓ QUE HUYÓ

Segundos después de su muerte sus asistentes sacaron los cuerpos de la habitación con alfombras. Los subieron al patio de la Cancillería del Reich, fueron rociados con 200 litros de gasolina y posteriormente quemados. No obstante, la caída de los obuses (cañones con ruedas) les obligó  a salir pitando de allí sin poder asegurarse de que los restos se quemaran completamente. Ante tal contratiempo, los allí presentes decidieron enterrar los cuerpos y punto. Lamentablemente para ellos, tan sólo lo harían superficialmente.


Cuando Stalin recibió la noticia de que Hitler había muerto su naturaleza paranoica le hizo mostrar escepticismo. No se lo creería hasta que no encontraran el cadáver, así que mandó a los soldados que lo buscasen. Por ello, una unidad especial soviética se encargó de buscar los restos exhaustivamente y, tras mucho esfuerzo, los encontraron el 9 de mayo. Pese a la violenta cremación las piezas dentales se encontraban intactas, razón por la cual se identificó sin ningún tipo de problema que aquellos chamuscados restos pertenecían a Hitler y a su esposa. Los interrogatorios que realizaron a los edecanes capturados y demás ratificaron que, en efecto, se trataba del führer.

A partir de aquí es cuando surge la astucia política de Stalin, experto en aprovechar cualquier acontecimiento en su beneficio. Tras tener la información certera de su muerte, en lugar de difundirlo a los cuatro vientos y pavonearse como un pavo real, lo que hizo el líder soviético fue no divulgar información alguna dejando, como consecuencia, la puerta abierta a la teoría de la huida. Stalin incluso mintió descaradamente ante los diplomáticos estadounidenses diciéndoles que no tenían pruebas de su muerte, y ya ni hablemos de encontrar el cadáver. Para acabar de poner la cereza sobre el pastel, él mismo empezó a decir a todo el mundo que creía que había escapado.

A simple vista todo esto parece incoherente, pero lo cierto es que a la Unión Soviética le interesaba mantener la duda sobre la muerte de Hitler, ya que así podía utilizarla como arma de propaganda con el fin de acusar a EE.UU y Gran Bretaña de ocultar el escape del líder nazi. Incluso propuso la teoría de que se había ido a España o a Sudamérica en un submarino o bajo una identidad falsa. De ese modo, la URSS quedaba como el salvador de la película y occidente como unos traidores que todavía habían ayudado al enemigo. Que oportuno, ¿verdad?. 

Tras la muerte de Stalin en 1953 la URSS siguió manteniendo las dudas sobre la muerte del führer. Los rumores estaban a la orden del día, y no faltaba quien decía que lo había visto en lugares tan remotos como Argentina tomándose un café en un bar o restaurante. Mirándolo todo en retrospectiva resulta irónico y en cierto modo tragicómico que la treta de Stalin siga surtiendo efecto hoy en día, ya que aún queda gente que cree que escapó.

Después de la caída de la Unión Soviética salieron a la luz multitud de archivos clasificados, algunos de ellos referentes al paradero real de los restos de Hitler. Según dichos documentos, en 1946 la NKVD se llevaron los calcinados restos dentro de una cajita y la enterraron en el jardín de un cuartel situado en Magdeburgo. Sólo los más altos mandos conocían lo que contenía esa caja, así como su ubicación precisa.

En 1970 la KGB les dio el control de las instalaciones del cuartel al gobierno de la Alemania Oriental. Por ello, los conocedores de la caja la desenterraron, destruyeron lo que quedaba de los cadáveres y tiraron las cenizas al río Biederitz. Fin de la historia.

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