martes, 7 de enero de 2014

Zoya Kosmodemyanskaya, un ejemplo de lucha

Zoya Kosmodemyanskaya
Cuando leí sobre el caso de Zoya Kosmodemyanskaya, una adolescente soviética de 18 años firmemente convencida del importante papel que debía desempeñar la URSS, su trágico desenlace me impactó. Aunque más que su final, lo que me llamó la atención fue la templanza con la que afrontó su propia ejecución.

Zoya nació en 1923 y se unió a las juventudes comunistas a la temprana edad de 15 años. Tres inviernos después, más concretamente el 31 de octubre de 1941, se integró, junto con 2000 voluntarios, en el destacamento partisano 9903 del frente occidental. Fue para ello entrenada e instruida sobre lo que debía hacer y cómo llevar a cabo las órdenes que le mandaran, y después de ese corto período se la destinó a la región de Bolokolamsk (Moscú), donde se encargaron de minar los caminos en territorios ocupados

El 17 de noviembre se publicó la orden de impedir que el ejército alemán se esparciera por pueblos y aldeas donde pudieran conseguir cobijarse del frío y obtener comida fácilmente. Era una estrategia de desgaste, y a Zoya le tocó ir a esa misión y quemar cualquier lugar que los germanos vieran idóneo para pernoctar.
Zoya Kosmodemyanskaya momentos antes de su ejecución

Según la orden, en un total de 5 días debían quemar 10 aldeas donde las tropas alemanas estaban establecidas. Sin embargo, tras varios encontronazos con el enemigo, su grupo se dispersó y se vio obligada a continuar sola portando como armas una pistola Nagán y varios cócteles Molotov. Atacó tres casas y establos en Petrishevo, pero los germanos tenían a su disposición “topos” entre las filas de la joven y uno de ellos la engañó y fue capturada. Ese fue, lamentablemente, el principio de su fin.

Tras su captura, se la torturó durante dos largos días para extraerle toda la información posible, pero Zoya, dura como una piedra, lo único que les dijo fue su nombre de guerra: Tania. No reveló el nombre de ninguno de sus compañeros y tampoco les confesó los planes que tenían preparados. Los soldados, viendo que era imposible que abriera la boca, construyeron una horca en la calle del pueblo y se dispusieron a colgarla a la mañana del día siguiente.

En el trayecto que la separaba de la cámara de tortura a la horca tuvo que soportar los insultos de los soldados mientras colgaba de su cuello un cartel que ponía “incendiaria de casas”. Apenas puedo imaginar lo que debió sentir aquella joven al ver la soga ondeando al viento, pero si estaba asustada no lo mostró.
 
Zoya antes de que le pusieran la soga
Cuando le pusieron la soga en el cuello e intentaba mantener el equilibrio en el cubo sobre la que se soportaba, miró desafiante a los presentes y les dijo: “No os rindáis, hay que ayudar al Ejército Rojo. Nuestros camaradas vengarán mi muerte contra los fascistas. La Unión Soviética jamás será vencida". Poco después, dirigiéndose a los soldados alemanes, Zoya gritó: "Rendiros antes de que sea tarde, podréis ahorcar a muchos de nosotros, pero nunca a 170 millones". Acto seguido, uno de los soldados germanos le dio una patada al cubo y la joven se agarró con todas sus fuerzas a la cuerda para evitar ahogarse, pero los numerosos golpes que sufrió por parte de los soldados la obligaron a soltarse y murió.

Ante todo, he de decir que no soy comunista. Es una ideología que se llevó a la práctica con un buen propósito al principio, pero desgraciadamente acabó corrompiéndose hasta tal punto que, en los últimos momentos de la URSS, ya ni los propios gobernantes creían en ella. Aun así, casos como los de Zoya demuestran que siempre habrá gente dispuesta a cambiar las cosas, y es ese el mensaje final con el que me quedo.  

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