lunes, 4 de noviembre de 2013

Hacia rutas salvajes



Cuando compré el libro "hacia rutas salvajes" y  leí el comienzo del mismo he de admitir que lo hice con cierto escepticismo. La idea de que un joven de buena familia se largara de casa para vivir "de la tierra" con tan poca preparación se me antojaba absurda. No obstante, en el momento que lo terminé mi idea sobre ese chico norteamericano cambió radicalmente.

Christopher  McCandless era hijo de Walt McCandless, un extrabajador de la NASA especializado en antenas que posteriormente se montó su propio negocio con rotundo éxito. La economía familiar era más que holgada y no les faltaba de nada, pero el idealista empedernido de Christopher parecía ir contra corriente con esa vida de lujos que llevaban sus padres. A decir verdad, él mismo terminó asqueado del mundo materialista en el que vivía, ya que veía a esa aparente felicidad que el dinero podía comprar como falsa y engañosa. Una felicidad artificial con la que, a su modo de ver, no aprendía nada.

Nuestro protagonista se graduó con unas notas excelentes en la Universidad de Emory en 1990. El  rendimiento que poseía era superior a la media y, por contra, su éxito académico terminó enmascarando una creciente aversión hacia aquel mundo regido por el dinero y los insulsos protocolos. Pronto, una descabellada idea se fue formando en su mente tomando cada vez más consistencia con el paso del tiempo, y esa idea consistía básicamente en huir de la "civilización" para iniciar la larga odisea de "buscarse a sí mismo".

Una de las razones por la que su historia tuvo tanto renombre fue porque hizo algo que muchos de nosotros hemos deseado volver realidad alguna vez: Tirarlo todo por la borda y huir muy lejos de ese cotidiano estrés. ¿Quién no se ha exasperado alguna vez ante la presión ejercida por el trabajo o los estudios? (o ambas cosas a la vez).

Tras graduarse en Emory donó sus $24.000  a la caridad y empezó a viajar por el país usando el nombre "Alexander Supertramp". Pasó por Arizona, California, Dacota del Sur y demás donde trabajó en labores agrícolas para poder comer. También cometió varias temeridades como bajar por el peligroso río Colorado, y digo peligroso porque no tenía preparación y se necesitaba ir acompañado incluso habiendo hecho algún cursillo para formarse. Al final consiguió la hazaña de milagro y salió ileso. 

Durante los más de dos años que estuvo viajando por EEUU con la única ayuda de su mochila y sus raídas zapatillas (perdió el viejo coche en un fuerte diluvio) fue yendo progresivamente hacia su destino: Alaska.

En abril de 1992 hizo autoestop a Fairbanks, Alaska. Fue visto con vida por última vez por James Gallien, quien le llevó de Fairbanks a Stampede Trail. Este hombre se preocupó por Alex y se ofreció incluso a comprarle todo el material que necesitara, pero el chico se negó a recibir toda ayuda y  salió del coche con sus botas de caucho, dos latas de atún y una bolsa de maíz.

Después de una larga caminata, MacCandless encontró un antiguo autobús en medio del bosque que servía como refugio a los cazadores. En ese lugar pasó varios meses viviendo de lo que le era posible cazar con su rifle semiautomático Remington y de las pocas plantas que conocía. Un día, cuando intentó cruzar el río que lo separaba de su destino final encontró el sendero bloqueado y volvió al autobús de nuevo. Sin embargo, de haber consultado los mapas se habría percatado de que a 400 metros existía un vagón colgante que le habría permitido pasar, y eso sin contar las varias cabañas abastecidas de provisiones que se hallaban a apenas 6 millas del autobús. 

Como resultado final de la larga aventura, MacCandless tuvo la desgracia de comer sin saberlo un tipo de semilla tóxica. Su toxicidad no era lo suficientemente elevada como para matar a una persona bien nutrida, pero para un joven mal alimentado cuya desnutrición era evidente resultó mortal. Dos semanas después de su muerte un par de excursionistas lo encontraron arrebujado en un saco de dormir con apenas 30 kilos de peso.

La última entrada de su diario rezaba así: "He tenido una vida feliz y doy gracias al señor. Adiós, bendiciones a todos".


Las opiniones sobre Christopher  McCandless son muy variadas. Para algunos no fue más que un pobre idiota que no se molestó en informarse bien antes de emprender tal alocado viaje, y para otros es un símbolo a seguir a la vez de un excelente modo de hacerle un corte de mangas a esta sociedad tan materialista. A pesar de todo, el error de Alex fue la falta de preparación, conocimientos y medios, y ese ímpetu arrollador tan característico que lo definía no le ayudó demasiado a la hora de analizar las cosas con detenimiento y coherencia.

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